domingo, 2 de marzo de 2014

ENTENDIENDO CÓMO OPERÓ EL PECADO EN ADÁN Y EVA

[Mientras escribo a un amigo, medito sobre el tema]

Génesis 3:6 “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella”.

Querido amigo:

Me hiciste pensar mucho con tu comentario si Adán y Eva tuvieron concupiscencias. La pregunta sería entonces qué entendemos por “concupiscencias”. Primero leamos Santiago 1:14.

Santiago 1:14 “sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido”.

Cuando Santiago 1:14 dice “concupiscencia” que viene del griego “ephitumia” que significa “deseo desordenado” y “como codicia”. Veamos el contexto:

Santiago 1:14-15: “Sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”.

NTV dice otra traducción interesante de este pasaje:

Santiago 1:14-15 “La tentación viene de nuestros propios deseos, los cuales nos seducen y nos arrastran. De esos deseos nacen los actos pecaminosos, y el pecado, cuando se le deja crecer, da a luz la muerte” (NTV).

NTV dice que la tentación viene de nuestros propios deseos, en cambio RV60 dice lo mismo acerca de la concupiscencia; esta nos seduce y nos arrastra. De esos deseos nacen los actos pecaminosos, buena traducción para decir que “da luz al pecado” porque “pecado” aquí es el acto de pecar o cometer pecados.  Ese deseo que surge para cometer ese pecado, cuando crece y se consuma el acto, es lo que da a luz la muerte. En otras palabras, una transgresión es suficiente para ser digno de muerte (Léase Santiago 2:10-11). Si la concupiscencia es un “deseo desordenado”, quiere decir que es un deseo que permitimos que crezca sin control; esto es lo que hace “desordenado”. Cuando ese deseo se consuma en el acto de pecar, hemos transgredido. Recuerda que todo pecado es infracción/transgresión de la Ley de Dios (Léase 1 Juan 3:4).

Ahora bien, generalmente, cuando decimos que alguien tiene una concupiscencia, significa que tiene un deseo desordenado, crecido, como vimos arriba. La pregunta es: ¿De dónde vienen los deseos? Algunos lo asocian como algo de la propia naturaleza pecaminosa en sí o de las emociones. Pero creo que el deseo proviene de la voluntad propia: “Yo quiero…”, “yo deseo…”, etc. Si “queremos” algo, es la muestra del ejercicio de nuestra propia voluntad. Un deseo desordenado sería aquello por lo cual nuestra voluntad está fuertemente inclinada y desequilibrada. Cuando codiciamos, es porque en nuestra voluntad lo determinamos así de una forma descontrolada e imperiosa.

Éxodo 20:17 “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”.

Deuteronomio 5:21 “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”.

Es por tal motivo que en Éxodo 20:17, el mandamiento de “no codiciarás…”, cubre una amplia gama de objetos de tentación respecto de no codiciar: No codiciar la casa de tu prójimo, la mujer de tu prójimo, su siervo, su criada, su buey, su asno, NI COSA ALGUNA de tu prójimo. Mientras que Deuteronomio 5:21 añade la palabra “no desearás…”. Comprobamos, pues, que tanto el deseo como la codicia van de la mano.

Mateo 5:28 “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”.

Nuestro SEÑOR Jesús mismo afirma que toda codicia germina en el corazón del hombre cuando éste desea a una mujer en sus pensamientos (Léase Mateo 5:28); es claro que también todo lo demás (bienes materiales, personas, etc.) se hallan en el mismo centro del hombre: El corazón, porque en él, en el caso de codiciar a la mujer del prójimo, se adulteró; es igual para con todo lo demás.

Suponiendo entonces que el deseo desordenado/concupiscencia/codicia hacia algo o alguien es parte de la voluntad del hombre, entonces ¿Qué llevó a Eva a codiciar el fruto prohibido?

Génesis 3:6 “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella”.

Génesis 3:6 dice que el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal era codiciable para alcanzar sabiduría. En la LBLA dice que este árbol especial era “deseable”. Lo que yo creo es que la causa que llevo a Eva a desear/querer en su voluntad propia comer ese fruto fue los pensamientos de su corazón. Trataré con prisas de explicarme. Mi base comienza con que Jesús dice que los malos pensamientos surgen del corazón:

Mateo 15:19-20 “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre”.

Comparemos con el siguiente pasaje:

2 Corintios 11:3 “Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo”.

Pablo dice, con la autoridad e inspiración del Espíritu Santo, que la serpiente engañó con su astucia a Eva ¿Cómo lo hizo? Por la analogía paulina, de la misma manera que lo hizo con los corintios que se iban a desviarse de su fidelidad a Cristo: Por medio de los sentidos. La palabra “sentidos” en realidad significa:

Diccionario STRONG: νόημα / nóema (G3540 de G3539); “Percepción, i.e. propósito, o (por implicación) intelecto, disposición, en sí mismo: pensamiento, sentido, entendimiento, maquinación”.

Entonces comprobamos que Eva fue engañada por medio de los pensamientos, maquinaciones y de su entendimiento. Si retrocedemos a Génesis 3:1-6, la serpiente engañó a Eva convenciéndola de que el fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal no sería la causa de su muerte y quebrantamiento del pacto con Dios (Léase Oseas 6:7); sino que sería, según la serpiente, la elevaría al estado igualitario de Dios, ser como Dios. Ella tomó el argumento y la mentira de la serpiente, lo razonó y le creyó. Al final, se convenció de sus argumentos. Al hallarse convencida, quiso/deseó comer el fruto de este árbol. ¿Para qué? Para que alcanzar sabiduría y ser igual a Dios. En Génesis 3:13 ella afirma diciendo que “la serpiente me engañó…” (Se convenció de un argumento que creía cierto hasta que descubrió que era falso) “y comí…” (Voluntariamente lo hizo, comió porque quiso, en base al engaño de la serpiente).

¿Recuerdas lo que dijimos al principio sobre el deseo creciente? El pecado de Eva se consumó cuando dejó crecer en su voluntad y en su corazón su deseo de ser igual a Dios, comiendo el fruto de dicho árbol; porque se convenció en sus pensamientos que así tendría esa sabiduría para igualarse a Dios.

En general, como un argumento (pensar sobre un asunto en específico) se vuelve deseo (aquello por lo cual mi voluntad me mueve a querer algo de forma desordenada y crece). Esto lo vuelve concupiscencia. Obviamente para ser concupiscencia debe tener por objeto aquello que puede incitar al tentado hacia a la maldad. Esto fue lo que llevó a la muerte a Eva y Adán cuando quebrantaron el pacto con Dios de no comer dicho árbol. Este acto lleva por consecuencia a la muerte, pues la paga del pecado es la muerte (Léase Romanos 6:23).

Entonces, cuando decimos que Eva tuvo concupiscencia, se refiere a todo el proceso que acabé de describir. Y aunque Adán no se escapa. Él no fue engañado (Léase 1 Timoteo 2:14). Sin embargo Génesis 3:6 nos dice que Adán voluntariamente comió del fruto así como Eva. Comió porque quiso, aunque echó la culpa a Eva no tomando responsabilidad por sí mismo (Léase Génesis 3:12). Es cierto que Eva fue la primera en caer en transgresión, aun así en Adán cae todo el peso de la entrada del pecado en el mundo, por cuanto es la cabeza federal y el representante de toda la raza humana (Léase Romanos 5:12).

La concupiscencia es todo el ejercicio mental y voluntario que tiene como resultado el pecado cometido. La concupiscencia (el deseo creciente) es el medio para cometer el pecado. Ahorita veremos la diferencia. ¿Qué diferencia hay entre Adán y Eva y nosotros, sus descendientes?

En primer lugar, Adán y Eva estaban convencidos en sus corazones/mentes que no debían tomar el fruto del árbol del etc. etc. Se necesitó el engaño de la serpiente para que cayeran en transgresión. Su deseo de ser como Dios creció (su concupiscencia) y esto los llevó a la muerte espiritual y física. Si no fuera por la intervención de la serpiente, posiblemente este mundo sería distinto. Ellos sí fueron creados santos, bendecidos, perfectos, tenían libre albedrío. Al escoger mal, eso los llevó a la muerte.

En segundo lugar, nosotros no necesitamos ser engañados, ya llevamos nuestro pecado, como naturaleza, para germinar en nuestros corazones deseos, intenciones y pensamientos que son de continuo el mal. Nos engañamos a nosotros mismos por causa de nuestra naturaleza pecaminosa. A causa del poder del pecado que mora en nosotros, nos arrastra hacia a nuestros propios deseos para hacerlos crecer en busca del objeto de tentación y cometer pecados (los actos de pecar). Nosotros no tenemos libre albedrío, estamos muertos en delitos y pecados (Léase Efesios 2:1-3). La maldad/pecado mora en nosotros (Léase Romanos 7:14-25).
Y de hecho, creo que es cierto que la concupiscencia opera así, pensamos en algo que nos agrada, por ejemplo: A un hombre que está tentado en masturbarse o tener relaciones sexuales con la mujer de otro hombre. Este hombre sigue con sus pensamientos, sigue con su deseo (aquello que quiere), los deja crecer, hasta que se vuelve un deseo muy crecido y desordenado, que hará lo que sea para complacerse y consumarlo. Y entonces peca. Porque se convenció en sus pensamientos que sería algo bueno gratificarse sexualmente. Algo así.

Es por esto que a nosotros los creyentes se nos ordenan ocupar la mente con las cosas del Espíritu y en la gloria de Cristo (Leáse Romanos 7:21, 25; 8:4-7; 12:1-2, recomiendo la LBLA).

Bueno, son meditaciones y conjeturas, no se trata de un dogma o de una imposición doctrinal. Es lo que entiendo sobre cómo operó el pecado en Adán y Eva.

¡Sólo a Dios la Gloria!